En la actualidad se habla de socioliberalismo, social-liberalismo o liberalismo-progresista para referirse a una ideología política que me representa del todo. Se trata de una postura que podemos situar de manera intermedia entre el neoliberalismo y la socialdemocracia y, en consecuencia, puede asimilarse – aunque sólo lo sea en ese sentido – a la denominada “tercera vía”, al estilo de Tony Blair.
El socioliberalismo comparte con otras formas de liberalismo, como el neoliberalismo, el libertarianismo y – curiosa o paradojalmente - también con el anarquismo, algunos de sus fundamentos filosóficos, planteados históricamente por figuras como Locke, Montesquieu, Voltaire y Hume, entre otros, y más recientemente por pensadores como Bertrand Russell, José Ortega y Gasset, Karl Popper y Jean-François Revel. En este sentido, es contrario a cualquier forma de autoritarismo – en particular al estalinismo y al fascismo – y aboga por el respeto universal de los Derechos Humanos.
Se diferencia del neoliberalismo y del anarquismo en que – curioso - ambos ponen énfasis en las “libertades negativas”, en tanto que el socioliberalismo las complementa con “libertades positivas” (por este motivo considero al socioliberalismo como la expresión más radical de liberalismo). En la práctica esto se traduce en que una política socioliberal tiende a considerar al Estado como un garante de ciertas libertades, a diferencia de las otras dos posturas extremas ya mencionadas que ven en el Estado un opresor de las mismas. En este sentido, el socioliberalismo se acerca a la socialdemocracia, a tal punto que en algunos países coexisten bajo una misma coalición o partido.
En mi humilde opinión, el máximo exponente de las posturas socioliberales en la historia de Chile fue el Presidente José Manuel Balmaceda, un estadista visionario y valiente que llevó a cabo las transformaciones sociales y económicas de fines del siglo XIX y los cambios necesarios para lograr un mayor desarrollo industrial, contra la obtusa oposición de la clase acomodada que finalmente desencadenó la Guerra Civil de 1891. En el sitio web Memoria Chilena, leemos que “su fuerte y controvertida personalidad, el sentido de misión que siempre le otorgó al servicio público, y sobre todo las circunstancias de su vida y su muerte, hicieron de Balmaceda un personaje casi mítico en la escena nacional”.
Como ya he señalado, en el espectro político contemporáneo, el socioliberalismo se establece como una postura intermedia, más liberal que la socialdemocracia y más progresista que el neoliberalismo. En este sentido, puede posicionarse a modo de bisagra en una posición de centro similar a la que algunos denominan “la tercera vía” o al espacio histórico que ocupó tradicionalmente la Democracia Cristiana durante la etapa de la “Guerra Fría”.
En la actualidad, en cambio, la Democracia Cristiana Europea se ha identificado completamente con el “Partido Popular”, defendiendo una postura conservadora neoliberal y moralista, mientras que en América Latina se ha ido dividiendo en dos bloques, uno similar al Europeo y uno similar al Socialdemócrata, dejando abandonado el nicho central, con la notable excepción de algunos sectores escindidos, como es el caso de los Colorines Chilenos, que sí se mantienen fieles a esa tradición histórica de centro, aunque aún mantienen su cercanía con la Iglesia Católica, a diferencia del socioliberalismo.
No puedo dejar de mencionar que el socioliberalismo es, a mi juicio y en el contexto actual, la postura política más acorde con la filosofía Budista que yo mismo profeso. No es casualidad que el Buda hiciera énfasis en lo que él denominó literalmente “el camino del medio”, y que más tarde el gran filósofo Nagarjuna retomara esa misma definición para aplicarla en el espectro filosófico de su tiempo.


