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Clientelismo Educacional y el Pase del Futbolista

Enviado por Eduardo Bastías el viernes, 12 octubre, 2007 a las 6:14 PM

¿Por qué tantos expertos insisten en la baja calidad de nuestra educación? Al parecer no tiene nada que ver con el lucro y tampoco son los profesores los malos. Más bien es el sistema que considera al alumno como un cliente – que siempre tiene la razón – lo que está socavando la calidad de la enseñanza.

educación

La economía se fundamenta en que los productos y servicios son producidos por un productor, que representa la oferta, y adquiridos por consumidores que representan la demanda. En una economía de mercado, es éste el que fija el precio para el bien transado y, en teoría, a través de este mecanismo se regula también la calidad de lo ofrecido.

Este esquema básico ha sido aplicado con más o menos éxito en todos los nichos del quehacer económico, pero hay al menos un sector donde los resultados que hemos obtenido dejan bastante que desear: la educación.

Todos, o la gran mayoría de los expertos coinciden en que la educación que actualmente se imparte en Chile es – en general – de muy mala calidad. Todavía se insiste en enseñar a memorizar en lugar de razonar y a ser rígido en lugar de creativo. Se enseña a enrielarse en lugar de enseñar a explorar. Se enseñan “Verdades Sacrosantas” en lugar de un conocimiento flexible y dinámico. No se incentiva la lectura, no se motiva el estudio arduo, ni se premia la constancia ni el esfuerzo porque eso implicaría subir las exigencias y no se está dispuesto a hacerlo. En definitiva, se enseña todo lo necesario para ser exitoso en el siglo XIX, pero no en el siglo XXI.

Para colmo, una fracción significativa de la población, liderada en Chile por estudiantes secundarios, se ha manifestado contrario a este esquema por considerar que “la educación es un derecho y no un negocio” y han solicitado reiteradamente “el fin del lucro”. Esta demanda parece bastante natural, ya que en pedir no hay engaño y nada puede ser más fácil que solicitar cosas gratis a cambio de nada.

El Clientelismo Educacional

La falacia radica en pensar que, por el sólo hecho de que la educación es mala, eso significa que el mercado no es suficiente para incentivar la calidad de la misma y, en consecuencia, de ahí a pedir el fin del lucro hay sólo un paso. Pero ocurre que si nos detenemos a examinar las causas por las cuales la educación es mala, descubrimos que el mercado poco y nada tiene que ver en el tema. Más bien es algo que pasa por la forma específica en que se ha mal entendido el rol del mercado en este asunto y no por un mal funcionamiento del mercado en sí.

Ocurre que la forma tradicional de interpretar el trinomio productor-producto-cliente asume que el “producto” que se transa, por ejemplo, en el mercado de la educación superior es una “carrera”. En otras palabras todos – o la gran mayoría de nosotros – asumimos que el cliente es el alumno que compra algo, a veces con la ayuda de un crédito y/o con el respaldo de sus padres y apoderados. En consecuencia el alumno es un cliente y una de las reglas básicas de los negocios es que “el cliente siempre tiene la razón”.

Esto significa en teoría que si el cliente, es decir el alumno, desea sacarse un siete en la prueba de “El Quijote” sin haber siquiera leído el libro, está en todo su derecho a exigirlo pues él es el cliente. Evidentemente en la práctica no se llega a ese extremo por una serie de razones, pero lo que sí ocurre es una progresiva socavación de la exigencia que surge cuando el alumno/cliente llega a la sala de clases con una actitud de “aquí vengo a que me enseñen, para eso estoy pagando, así que más vale que la clase sea entretenida porque o si no me lo voy a dormir todo”.

Evidentemente con esa actitud del cliente, sencillamente no es posible brindarle educación de calidad. Para colmo, cuando el profesor se pone un poquito exigente los alumnos se movilizan para pedir su cabeza. El jefe del profesor, sea un Director de Escuela o cualquier otro cargo que tenga, sabe que los alumnos son los clientes y, por lo tanto, hay que darles lo que piden. Así es muy probable que la cabeza del buen maestro termine efectivamente en el cesto de las decapitaciones.

Me he desempeñado como profesor universitario casi toda mi carrera y lo he visto con mis propios ojos. Se tiene temor de aumentar la exigencia porque, al final de cada semestre, se hacen encuestas en que se evalúa a los profesores, cosa bastante absurda ya que es claro que la inmensa mayoría de los alumnos prefiere premiar a aquellos profesores que les permiten pasar de curso sin mayor esfuerzo y castigar a aquellos que fueron más estrictos.

¿Y qué pasa si el director le da la razón a su profesor e intenta explicarles a los alumnos que es por su propio bien que tienen profesores exigentes? Seguramente ese director no durará mucho en su puesto y será remplazado por un operador que sí vele por mantener contentos a los alumnos, porque mientras más alumnos tengamos más lucramos. Insisto, lo he visto con mis propios ojos, no es que me lo hayan contado.

El Verdadero Cliente

¿Qué es lo que está fallando en todo esto? ¿Por qué ocurre que en este caso el cliente parece no tener la razón? ¿Por qué la regla no aplica, por qué se convierte en un incentivo perverso? Lo que ocurre sencillamente es que el alumno no es el cliente y el producto no es la carrera, así de simple. Veámoslo con calma.

Si analizamos fríamente el tema, veremos que quienes más se benefician con la educación no son las personas mismas sino que el país, sus empresas y organizaciones. Ese es el cliente, entonces, no el alumno.

Pensémoslo así: supongamos que, en lugar de considerar la carrera como un producto, consideramos el profesional como un producto. En ese caso el productor, digamos la universidad, lo que produce son titulados que el verdadero “cliente”, digamos una empresa que necesita reclutar profesionales jóvenes, está dispuesto a “comprar”.

Alguien podría alegar que esa interpretación no es realista porque las empresas no le pagan a las universidades por sus titulados, pero eso es sólo en apariencia así. En la práctica, efectivamente las empresas pagan a titulados que pagaron o están pagando a las universidades que los formaron.

Una vez que descubrimos lo que realmente ocurre nos damos cuenta del garrafal error que comenten quienes intentan lucrar teniendo muchos alumnos – a quienes forman mal – en lugar de formar muchos buenos titulados.

El Pase del Futbolista

Una forma concreta de transparentar esta situación sería obligar a las empresas a comprar un “pase”, como el de los futbolistas, a las universidades que los formaron. Este pase sería un “incentivo virtuoso” (lo contrario de un “incentivo perverso”) que daría una potente señal al mercado, explicitando la identidad del verdadero cliente, a quien sí podríamos aplicar la regla de oro de que “tiene la razón”. Así, por ejemplo, si la empresa necesita profesionales trilingües, las universidades se esforzarán en satisfacer esa demanda con la mejor calidad que les sea posible.

El pase podría ser extensivo, en el sentido que las empresas podrían revender a sus empleados a otras empresas que los quieran contratar, igual que los clubes de fútbol transan los pases de los jugadores más dotados. De manera similar, las universidades podrían comprar los pases de los mejores alumnos secundarios. Es más, una empresa cualquiera, digamos Microsoft, podría comprar el pase y pagar la educación de un niño que vive en un humilde campamento, si considera que tiene el talento que ellos buscan. Esto que puede sonar utópico es lo que realmente ocurre hoy mismo en el caso de los futbolistas. Es cierto, no ocurre todo el tiempo porque los escogidos son pocos, pero el hecho es que efectivamente se dan esas situaciones bajo el esquema de pases.

En definitiva, mediante este mecanismo se incentivaría, en alguna medida, a la capacitación continua, ya que además de los subsidios de tipo SENCE, el empleador estaría literalmente lucrando con el desarrollo profesional y hasta académico de sus empleados. ¡Qué bonito sería que las empresas estuvieran dispuestas a costear hasta los doctorados de sus empleados más brillantes!

En resumen, estoy convencido que el mercado sí puede hacer lo suyo para favorecer una educación de calidad. El tema es cómo aplicamos la teoría y cómo la llevamos a la práctica, porque si erramos en lo fundamental, si somos incapaces de identificar al verdadero cliente, caemos en una forma de clientelismo contraproducente que no nos llevará al desarrollo; pero, por el contrario, si logramos visualizar la verdadera cadena de valor agregado que hay en la educación de las personas, el mercado – y hasta el lucro – pueden convertirse en los principales agentes de progreso y perfeccionamiento continuo para todos.

Fotografía gentileza de The.Nameless.

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Enviado por Jenny Bruna el 25/06/2008 a las 15:59

A ver creo que en algunos aspectos tienes mucha razón, pero indudablemente tuanálisis tiene un error que lamentablemente tira por la borda todo lo demás. Planteas a la educación como algo que está dentro del mercado, como un bien o un servicio a entregar a un determinado cliente. Pues la educación NO ES UN SEVICIO, ni mucho menos está dentro de UN MERCADO. La educación es y debe ser un DERECHO, mientras esta perspectiva no cambie, nada va a mejorar realmente. Nos e trata de plantear un Estado subsidiario ni de eliminar los entes privados, pero no podemos basar una discusión en el argumento que estamos entregando un servicio.

 

Te conmino a leer un libro que es parte de los artículos de Le Monde Diplomatique que es editado por Aún Creemos en los Sueños, en él escriben una serie de analistas y expertos internacionales. Se titula "La educación no es una mercancia".

 

ahora no niego la pasividad de los alumnos, lo he visto y vivido, pero también he visto el poco interés de los mismos profesores. El tema de la calidad es de todos, la educación es una relación dialéctica, tosos los actores son importantes.

 


Enviado por el 25/06/2008 a las 23:11
Eduardo Bastías

Estimada Jenny:

Muchas gracias por tu interes en mi articulo y por tu interesante comentario.

En todo caso, me parece necesario aclarar que estoy completamente de acuerdo contigo en que la educacion es un derecho. Incluso me atreveria a decir que tambien estoy de acuerdo con la esencia de la critica que muchos hacen cuando señalan que la educacion "no es una mercancia", ya que - hasta donde yo se - la critica se fundamenta en aquello que yo he denominado el "sistema tradicional" (ver ilustracion). Es mas, tengo la impresion que esos autores apoyarian un "sistema alternativo" como el que yo presento y, supongo, buscarian la forma de "demostrar" que de esa manera se salvaguarda la caracteristica fundamental de la educacion como derecho y no como mercancia.

En otras palabras, aunque comparto el espiritu de lo planteado por esos autores, me parece que el discurso que emplean no esta libre de contradicciones, contradicciones que podemos evitar si tan solo nos percatamos que todos los derechos que pueden ser proporcionados lo son necesariamente como servicios y no podria ser de otra forma.

Saludos,

L.E.






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