El hombre que dio su vida por los más necesitados dejó un legado que ha trascendido en el tiempo y ha superado las barreras geográficas y religiosas.
Proveniente de una familia acomodada que quedó rápidamente en bancarrota tras ser muerto su padre a manos de un grupo de delincuentes, incidente que le tocó presenciar cuando sólo tenía cuatro años de edad, el Viñamarino Alberto Hurtado Cruchaga, en lugar de albergar un odio enfermizo que podría haber marcado su vida, nos dejó un legado de generosidad y de entrega sin parangón.
En 1923 se tituló de abogado, pero en lugar de ejercer esa profesión - en aquellos años un título de abogado bastaba para garantizar un futuro muy próspero - se incorporó como novicio a la orden Jesuita para estudiar, practicar la meditación (los "ejercicios espirituales" de San Ignacio de Loyola) y realizar "pruebas de humildad", incluyendo los votos de pobreza, obediencia y castidad. Para ese entonces Hurtado tenía 22 años.
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Cuando estaba en el colegio muchos me tildaban de “comunista” y en la universidad otros tantos me decían “fascista”. No es que yo hubiera cambiado tanto, sino que esas percepciones obedecían a una tendencia generalizada a extremar posiciones, tendencia que se manifiesta en todo orden de cosas. La gente tiende a percibir la realidad en blancos y negros, como si sólo hubiera buenos y malos, izquierdas y derechas, moros y cristianos.
Comparto lo que Raúl allí señala (leer
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